Los desterrados

Los desterrados

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El hombre no ignoraba quién era Orgaz, y durante un rato ambos charlaron de cosas bien ajenas a la oficina. Pero cuando el inspector del Registro Civil entró fríamente en funciones, la cosa fue muy distinta.

En aquel tiempo los libros de actas permanecían en las oficinas locales, donde eran inspeccionados cada año. Así por lo menos debía hacerse. Pero en la práctica transcurrían años sin que la inspección se efectuara, y hasta cuatro años, como en el caso de Orgaz. De modo que el inspector cayó sobre veinticuatro libros del Registro Civil, doce de los cuales tenían sus actas sin firmas, y los otros doce estaban totalmente en blanco.

El inspector hojeaba despacio libro tras libro, sin levantar los ojos. Orgaz, sentado en la esquina de la mesa, tampoco decía nada. El visitante no perdonaba una sola página; una por una, iba pasando lentamente las hojas en blanco. Y no había en la pieza otra manifestación de vida —aunque sobrecargada de intención— que el implacable crujido de papel de hilo al voltear, y el vaivén infatigable de la bota de Orgaz.

—Bien —dijo por fin el inspector—. ¿Y las actas correspondientes a estos doce libros en blanco?


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