Los desterrados
Los desterrados Volviéndose a medias, Orgaz cogió una lata de galletitas y la volcó sin decir palabra sobre la mesa, que desbordó de papelitos de todo aspecto y clase, especialmente de estraza, que conservaban huellas de los herbarios de Orgaz. Los papelitos aquellos, escritos con lápices grasos de marcar madera en el monte —amarillos, azules y rojos—, hacían un bonito efecto, que el funcionario inspector consideró un largo momento. Y después consideró otro momento a Orgaz.
—Muy bien —exclamó—. Es la primera vez que veo libros como éstos. Dos años enteros de actas sin firmar. Y el resto en la lata de galletitas. Bien, señor. Nada más me queda por hacer aquí.
Pero ante el aspecto de duro trabajo y las manos lastimadas de Orgaz, reaccionó un tanto.
—¡Magnífico, usted! —le dijo—. No se ha tomado siquiera el trabajo de cambiar cada año la edad de sus dos únicos testigos. Son siempre los mismos en cuatro años y veinticuatro libros de actas. Siempre tienen veinticuatro años el uno, y treinta y seis el otro. Y este carnaval de papelitos… Usted es un funcionario del Estado. El Estado le paga para que desempeñe sus funciones. ¿Es cierto?
—Es cierto —repuso Orgaz.