Los desterrados
Los desterrados —Bien. Por la centésima parte de esto, usted merecÃa no quedar un dÃa más en su oficina. Pero no quiero proceder. Le doy tres dÃas de tiempo —agregó mirando el reloj—. De aquà a tres dÃas estoy en Posadas y duermo a bordo a las once. Le doy tiempo hasta las diez de la noche del sábado para que me lleve los libros en forma. En caso contrario, procedo. ¿Entendido?
—Perfectamente —contestó Orgaz.
Y acompañó hasta el portón a su visitante, que lo saludó desabridamente al partir al galope.
Orgaz ascendió sin prisa el pedregullo volcánico que rodaba bajo sus pies. Negra, más negra que las placas de bleck de su techo caldeado, era la tarea que lo esperaba. Calculó mentalmente, a tantos minutos por acta, el tiempo de que disponÃa para salvar su puesto, y con él la libertad de proseguir sus problemas hidrófugos. No tenÃa Orgaz otros recursos que los que el Estado le suministraba por llevar al dÃa sus libros del Registro Civil. DebÃa, pues, conquistar la buena voluntad del Estado, que acababa de suspender de un finÃsimo hilo su empleo.
En consecuencia, Orgaz concluyó de desterrar de sus manos con tabatinga todo rastro de alquitrán, y se sentó a la mesa a llenar doce grandes libros del Registro Civil. Solo, jamás hubiera llevado a cabo su tarea en el tiempo emplazado. Pero su muchacho lo ayudó, dictándole.