Más alla
Más alla —No tiene usted la culpa —consolábanla—. Su voz es siempre tan pura como su corazón, y todos sufrimos ahora como ayer su encanto. Pero… tiene alguna razón el pueblo. Falta un poco de sinceridad a su acento. Usted canta adorablemente; mas la pasión de su voz es la de una mujer.
—¡Pero yo soy mujer! —lloraba la desconsolada criatura.
Temblando de emoción subió al estrado de su nuevo concierto. Mas por bajo de los aplausos correctÃsimos de siempre, pudo sentir el corazón retraÃdo de la ciudad.
—¿Cómo es posible —le observaron— que no nos dé usted una nota agreste de la inmensa y libre expresión, el salvaje acento de su raza, y que nuestra especie ha gastado ya e ignora desde miles de años? Déjese ir libremente por sus ensueños cuando cante; olvide todo lo que ha aprendido de nosotros, y nos dará usted una pura y suprema nota de arte.
—No… No puedo… ¡No puedo…! —sacudÃa la cabeza la artista.
La ciudad entera acudió otra vez a oÃr a la joven, ante la esperanza de un milagro; sabÃase la ardiente solicitud que la rodeaba.