Más alla
Más alla Trémula e incierta, la joven comenzó a cantar. Sintió, mientras cantaba, el aliento de la ciudad suspenso de su voz, y recordó las esperanzas en ella cifradas. Cerrando los ojos, borró con supremo esfuerzo de su memoria la hora presente; un soplo cálido barrió su alma como un vendaval, y la joven volcó en una nota suprema la pasión despertada.
La sala quedó helada: aquella nota de pasión había sido un «rugido». Pura e incontestablemente, la joven había rugido.
Más sorprendida y espantada de su propia voz que todos:
—Lo hice sin querer… —sollozaba—. ¡No sé qué me pasó…!
Si bien mortalmente desengañada de la artista, la ciudad ofreciole en un concierto extraordinario la ocasión de echar un velo sobre aquella infausta velada. Pero cuando la cantante, dominada por su arte, tornó a abrir cuan grandes eran las aherrojadas puertas de su alma, rugió otra vez.
Ya no era posible más. La ciudad deliberó —si bien con el corazón desgarrado—, fríamente: