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—Lamentamos haber puesto en un ser ajeno a nosotros las esperanzas de nuestra raza. Hemos criado, con más calor que a nuestros propios hijos, una criatura extraña. Hemos infundido en su alma las más excelsas cualidades del alma humana. Y cuando hemos exigido de su voz la suprema nota de sinceridad y frescura… ha rugido.

Y acompañaron hasta las puertas de la ciudad a la pobre criatura, que caía a cada instante implorando piedad con las manos juntas.

Ya había cerrado la noche. La joven caminó como una autómata, internándose en el desierto, hasta que el viento caliente, que pasaba en la oscuridad azotándole los cabellos, le hizo abrir los ojos. Su nariz dilatose entonces ampliamente a los vahos agrestes que le llegaban sin roces quién sabe desde dónde, y deteniéndose, vuelta a la ciudad, se desvistió. Quitose el traje, todo cuanto había disimulado hasta ese instante su condición primera, hasta quedar desnuda. Y plantándose entonces con la cola rígida y los duros ojos fosforescentes, la leona rugió.

Durante largo rato, sola y como alargada por la tensión de sus ijares, rugió hacia la ciudad decrépita, hundiendo los flancos hasta el esqueleto, como si en cada rugido cantara, libre y sin trabas por fin, la voz pura y profunda de sus entrañas vírgenes.


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