Más alla
Más alla Los talleres del cinematógrafo, esos estudios a cuyo rededor millones de rostros giran en una órbita de curiosidad nunca saciada y de ensueño jamás satisfecho, han heredado del muerto taller de pintura su leyenda de fastuosas orgÃas sobre el altar del arte.
La libertad de espÃritu habitual a los grandes actores, por una parte, y sus riquÃsimos sueldos de que hacen gala, por la otra, explican estos festivales que no pocas veces tienen por único objeto mantener vibrante el pasmo del público, ante las fantásticas, lejanas estrellas de Hollywood.
Concluida la tarea del dÃa, el estudio queda desierto. Tal vez los talleres técnicos prosigan por toda la noche su labor, y acaso a uno o diez kilómetros el tumulto diario se prolongue todavÃa en una fiesta oriental. Pero en los sets, en el estudio propiamente dicho, reina ahora el más grande silencio.
Este silencio y esta impresión de abandono desde semanas atrás se exhalan más particularmente del guardarropa central, vasto hall cuya portada, tan ancha que darÃa paso a tres autos, se abre al patio interior, a la gran plaza enarenada de todos los talleres.
