Más alla
Más alla No hemos agitado en vano el alma de las estrellas que nos sobreviven; no hemos dejado cien veces dormir en sus brazos nuestro corazón, para que sus films presentes no sean el comento nocturno de nuestros conciliábulos. Nuestro propio pasado —vida, luchas y amores— nos está cerrado. Nuestra existencia arranca de un golpe de obturador. Somos un instante: tal vez imperecedero, pero un solo instante espectral. El film y la proyección que nos han privado del sueño eterno nos cierran el mundo, fuera de la pantalla, a cualquier otro interés.
Nuestra tertulia no siempre reúne, sin embargo, a todos los visitantes del guardarropa. Cuando uno falta a aquélla, ya sabemos que algún film en que actuó se pasa en Hollywood.
—Está enfermo —decimos nosotros—. Se ha quedado en casa.
A la noche siguiente, o tres o cuatro después, el fantasma vuelve a ocupar su sitio habitual en la compañÃa que prefiere. Y aunque su semblante expresa fatiga y en su silueta se perciben los finos estragos de una nueva proyección, no hay en ellos rastros de verdadero sufrimiento.
DirÃase que durante el tiempo invertido en el pasaje de su film, el actor estuvo sometido a un sueño de semiinconsciencia.