Más alla
Más alla ¡Pero no! Oigo por fin algo, un ruido. Es una bocina de auto. Y volviendo la cabeza, veo a un chofer que se encamina hacia mà y me dice:
—Creà que se habÃa perdido, señor Berger… El hotel ha encendido ya los faros, y tendremos neblina.
Me quedo mirando al chofer: ¿Perdido…? ¿Hotel…?
No he muerto, pues. Estoy vivo, soy huésped de un hotel de montaña, donde almuerzo, hablo, tengo relaciones, me traslado de un lugar a otro, todo en perfecta regla, como me lo prueba la deferencia, un poco excesiva tal vez, del chofer. Solamente…
No tengo la menor idea de qué hotel puede ser ése, ni de qué personas conozco, ni de qué hago, ni de nada. Estoy muerto, real y efectivamente. Y aunque muerto, sigo tambaleando al chofer, pretextando desde ya una caÃda para excusar mi confusión de ideas y las mil y una planchas que con seguridad voy a cometer.
Con un pañuelo atado a la frente (pretexto: me caà anoche en un barranco y he perdido momentáneamente la memoria), pasé anoche de largo por el hall del hotel y me encerré en mi cuarto, conducido por la camarera que no concluÃa de compadecer al señor Berger, que con el golpe habÃa perdido hasta el recuerdo de su pieza…