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—¡Otro momento! No hable todavía —saltó Campillo—. Tengo un retrato de ella, porque somos también muy amigos… Aquí lo tiene, mire.

Tomé la fotografía a distancia, receloso, pero apenas bajé los ojos torné a alzarnos muy abiertos.

—Ésta es… —murmuré.

—Nora Strindberg. Puede mirarla. Vaya a la ventana y la verá mejor.

Fui a la ventana y aparté el visillo. Durante un largo rato contemplé aquel rostro que temblaba y sonreía entre mis manos y que parecía entrecerrar cada vez más los ojos al mirarme.

Campillo fumaba sin perderme de vista, y yo proseguía inmóvil y mudo, como un pobre diablo ante el cual se abren las puertas del Paraíso, y no se atreve a entrar.

—Ésa es Nora Strindberg —dijo por fin Campillo con vaga sorna—. ¿Qué tal?

—Bellísima —murmuré—. No he visto nunca mujer con esta ingenuidad y pasión de mirada…

—Muy bien: ingenuidad y pasión. ¿Y el resto? ¿Corte de cara, nariz, boca?

—Únicos en mujer nacida de los hombres… Pero la expresión, sobre todo. ¿Qué edad tiene?

—Diecinueve años. No es vieja.

Yo no oía más. Una cosa absurda, imposible de ser, se cernía sobre mí en forma de pregunta.


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