Más alla
Más alla —¿Y esta persona —me arriesgué al fin sin apartar los ojos del retrato—… está enamorada de m�
—Mucho. Loca por usted, es la palabra. MÃrela más todavÃa… Mañana a estas horas será ya su mujer.
No vale la pena recordar las mil ansiosas preguntas que hice al respecto a mi amigo. Con cada respuesta iba yo naturalmente de asombro en asombro. Hasta que éste rebasó del vaso cuando exclamé por fin, como todo hombre que se excusa ante una dicha no merecida:
—¿Pero qué hice yo, pobre diablo de ingeniero, para merecer el amor de esta criatura?
—Supongo que por usted mismo, en parte —repuso Campillo—. La otra parte se la debe a una circunstancia que aún ignora. ¿No me dijo usted que habÃa notado una obsequiosidad y un respeto muy grande a su respecto?
—Asà es —contesté recordando de nuevo el aire misterioso con que me observaban en el hotel y aquà mismo en Buenos Aires y que yo atribuà a algún estigma de locura e idiotez impreso en mi semblante.
—Pues bien —prosiguió el alienista yendo a tomar un libro de la biblioteca y tendiéndomelo—. El otro motivo de simpatÃa de Nora hacia usted es este libro. Lea el tÃtulo.
Y leÃ: El cielo abierto, por Julio Roldán Berger.
—¿Y esto? —murmuré, presa de estupor.