Más alla
Más alla —No diga idiotadas, Campillo… No me caso, porque no debo casarme. No es a mà a quien quiere; es al autor de eso… —señalé el libro por encima del hombro.
—¡Pero es usted mismo, qué diablo! Con ausencia o sin ella —y eso lo sabemos únicamente los dos—, usted ha pensado y escrito Cielo abierto.
—No he sido yo; también lo sabemos los dos.
—¡Y dale…! Si un músico siente una melodÃa en sueños y al despertarse corre a escribirla, ¿cree que por eso deja de ser de él? ¡Vamos, Berger! Tome la felicidad que se le ofrece, porque de otro modo será el último de los imbéciles… y de los criminales. ¿Qué derecho tiene usted a rechazar el amor de una chica como Nora? ¿Su maldito libro? ¿Quién le dice que un dÃa de éstos no se pone usted a filosofar como entonces y escribe otro libro, mejor aún? ¿No tiene usted siempre su cabeza? ¿La tiene o no…? ¿Y entonces? Cielo abierto necesitó de una sacudida mental como su ausencia para nacer. ¿Por qué la sacudida emocional de poseer a Nora no habÃa de exaltarlo de nuevo? ¿Qué sabe usted de las cuarenta mil seducciones que un hombre de su carácter tiene para una chica como Nora? ¿Se cree usted incapaz ahora, tal como es, de hacerse amar de una mujer?
—Según. Yo me he roto el alma trabajando siempre…