Más alla
Más alla Desde principios del 21 a fines del 23 proseguí mi vida de siempre, sin un solo acto que se apartara de mi norma. Campillo recibió una carta mía del 21, fechada en Neuquén, y no notó el menor cambio en mis ideas o mi sensibilidad. Volví a menudo al Neuquén llevado por mis trabajos, y en mis estadas aquí en Buenos Aires, reanudé viva amistad con Campillo, que ya estaba de regreso. Pero tampoco me acuerdo de esto.
Parece que fue a principios de 1924 cuando se me ocurrió la idea de escribir. Huí de nuevo al sur, pero esta vez sin trabajo alguno, y regresé en diciembre del mismo año con los originales de Cielo abierto. Le pasé el manuscrito a Campillo, pero él no quiso leerlo, por estar convencido de que, después de los escritores de profesión, son los ingenieros y los médicos quienes escriben peor.
Publiqué el libro, y su éxito dejó atónito a Campillo. Los colegas de aquí callaron un tiempo; pero cuando del otro hemisferio comenzaron a llegar impresiones sobre mi libro, y a decir de mí lo que no se ha dicho de nadie desde los tiempos de Kant, el país entero quedó estupefacto. Cuanto hay en la especie humana de angustia y esperanza, yo lo había expresado en Cielo abierto. Puede ser, muy bien; pero yo no sé de ello una palabra.