Más alla
Más alla Por lo que respecta a Nora, lo más prudente era hacerle saber enseguida mi contraste. VendrÃa corriendo a verme, yo la esperarÃa tendido en el diván, con una buena toalla en la frente. Campillo no debÃa permitirme hablar hasta pasado un rato para que tuviera tiempo de orientarme, especialmente con las personas que Nora podÃa arrastrar con ella. Concluidos, pues, los últimos toques de la escena, el telegrama de Campillo partió, mientras aquél me enteraba de lo que habÃa pasado durante mi ausencia.
En cuanto mi amigo puede saber, el 24 de febrero de 1921 no se notó, ni notó nadie, en mà cosa alguna anormal, ni tampoco en los dÃas que siguieron. Posiblemente dejé de visitar a la horrible mujer con quien me habÃa comprometido. Posiblemente también me escribió una y mil cartas, hasta que me tendió un lazo para que fuera a verla. No es tampoco difÃcil que yo haya ido, y que después de oÃr las violentas recriminaciones de la furia, como quien oye llover, haya tirado el anillo a un rincón, y que yo haya salido con la espalda caliente de maldiciones. Tal vez hice yo todo esto, pero no me acuerdo de nada.