Más alla
Más alla Pero no soy feliz. Hay en este mundo un ser, un fantasma que exige y absorbe detrás de mi corazón, la mirada, los besos y el cálido corazón de mi Nora. Este fantasma es el autor de Cielo abierto. En balde me digo que él y yo somos una sola persona; pues de no ser asÃ, mi esposa habrÃa rechazado con los brazos, al dÃa siguiente de casados, a un intruso que estaba robando un tesoro ajeno. Pero nunca noté la más vaga extrañeza a mi respecto. Fue y es siempre conmigo la misma viva ternura de la noche de bodas. No ha sufrido junto a mi corazón el menor desengaño. No ha sentido jamás el menor escalofrÃo de pudor al tener reclinada su alma en la mÃa.
Pero no soy feliz. Aunque he suprimido toda actividad intelecto-social, dondequiera que esté y adondequiera que vuelva los ojos, hay siempre dos personas detenidas que me miran, y una de las cuales dice a la otra disimulando la boca con la mano:
—Es el autor de Cielo abierto.
Cada correo de Europa me trae docenas de libros dedicados al maestro. Mi nombre está escrito una vez por lo menos en cada número de cada publicación trascendental. De veinte palabras que me dirigen, siete son infaliblemente éstas: «¿Cuándo nos da, maestro, otro Cielo abierto?». Y catorce veces más por dÃa siento sobre mi virgen destino de antaño, el peso abrumador de mi fatal inteligencia.