Más alla
Más alla He contestado a centenares de cartas de agradecimiento. Asisto a conferencias en facultades y centros intelectuales. Desempeño, en fin, del mejor modo posible, mi pesado papel de hombre de genio.
DifÃcil e idiota como es este disfraz, yo lo aceptarÃa gustoso si no estuviera de por medio la dignidad de mi amor. He mencionado ya el entusiasmo de Nora a la aparición de Cielo abierto. Sabe de memoria cuanto se ha dicho de mÃ, y colecciona en un magnÃfico álbum los miles de recortes sobre el extraordinario libro. Nunca mujer se sintió más orgullosa del talento de su marido. Es ella quien abre febrilmente las hojas de las revistas, y ella quien lee aprisa y salteando los interminables estudios sobre Cielo abierto. Y ella, en fin, quien corre radiante a enseñármelos.
En estas ocasiones yo estoy por lo común en el escritorio repasando mentalmente algún pesado cálculo de materiales. Y al quedar solo, voy a veces a tomar como un autómata un ejemplar de mi obra y lo abro en cualquier parte.
¡Imposible! Si hay en el mundo una cosa que no entiendo, ella es mi propio libro. A la segunda página ceso de leer, fatigado como si saliera de un ataque de gripe. ¡Mi propia obra! ¡Mis propios pensamientos! Puede ser. Hay en ellos un esfuerzo de genio como no vio el mundo después de Kant. Pero yo nada comprendo y me aburro desesperadamente con su lectura.