Más alla
Más alla Un nuevo mes ha pasado. No soy feliz —lo he repetido hasta el cansancio. Y ella, Nora, tampoco lo es. Desde hace un mes me sube al rostro la vergüenza de esta monstruosa farsa, de esta nube de incienso que me envuelve al paso, me sigue y me adula como a un payaso genial. No salgo casi de casa; paso todo el dÃa en mi escritorio con las puertas cerradas y la luz encendida, o acodado sobre mis viejos planos, con la tabla de resistencia a la vista. Bajo a comer, salgo un rato de noche a caminar, y esto es todo.
Pero, tras esta soledad sedante en que por fin me encuentro a mà mismo, siento que mi hogar y mi felicidad se derrumban. Nora me ha tomado entre sus brazos, desesperada:
—¡Julio! ¡Hace diez dÃas que dura esto! ¡Dime qué tienes!
Yo la acaricio, helado:
—No es nada, Nora… Estoy enfermo…
Pero ella esquiva mis manos:
—¡No es cierto! ¡Julio, mi amor! ¡Pero qué te he hecho! ¡Cuatro meses que nos hemos casado y ahora…!
Y cae a sollozar su dicha perdida sobre los brazos del diván.