Más alla
Más alla ¡Pero, qué decirle! ¿De dónde sacar fuerzas para concluir de matarla y matarme, diciéndole que yo no soy sino un ladrón de gloria, y que lo que ella amó con pasión es un divino fantasma sobre la vulgar figura de un constructor de diques?
¿Y yo? ¿Merezco, acaso, esta amargura de aniquilar frÃamente la felicidad Ãntegra y pura que hallé en los brazos de mi Nora? Debo hacerlo. Soy un enfermo, o lo fui durante seis años. Me he vestido tres meses de pavo real, disimulando bajo su rueda mis embarrados stromboot de ingeniero. Pero no puedo robar un amor que mi novia sintió por mÃ, con los ojos fijos en mi frente…
… Concluido, pues. Anoche —como lo hago desde hace un mes— yo recibà el correo y quité una por una las fajas. El correo era muy voluminoso. Hojeé todo lentamente frente al fuego —muy lentamente… Y al final llamé a mi mujer.
—Óyeme, Nora —le dije sentándola a mi lado—. Yo siento al igual que tú lo insostenible de esta situación. No podemos continuar asÃ.
—¡SÃ, sÃ! —murmuró ella ansiosa y feliz, tomándome las manos—. Ya no podÃa más. ¡Oh, Julio…!