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Sus rodillas estaban en las mías, y su divino corazón se volcaba sobre mi pecho. Y sentí, en la firmeza de sus dedos y la humedad de su mirada, la inmensidad de lo que iba a perder. Pero ya estaba yo de pie; fui hasta la mesa y volví con un ejemplar de Cielo abierto.

—He aquí el motivo de mi actitud —le dije tendiéndole el libro—. Este libro lleva mi nombre. Pero yo no lo he escrito, Nora…

Por helada que estuviera mi alma y deshecho mi corazón, no me equivoqué respecto del espanto que expresaron los ojos de Nora.

—No —le dije con la sonrisa de un hombre muerto—. No lo he robado… Yo mismo lo escribí. Pero ahora —¿me oyes bien?— no sé nada de lo que he escrito. Nada recuerdo… No entiendo una palabra de lo que ahí dice. ¿No comprendes, verdad? Tampoco lo comprendía yo. Estuve enfermo… Campillo me lo explicó todo. Pasé seis años en un estado anormal, en el que yo era siempre yo, y no lo era, sin embargo… Entonces fue cuando escribí el libro. Nunca había yo escrito nada… Cuando volví en mí… cuando desperté de ese sueño de seis años… era el 2 de abril —concluí levantándome.

Angustia… nada más que intensa angustia había en los ojos de Nora.

—¿Tres días antes de…? —murmuró mirándome estremecida.


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