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—¡Lo que me has hecho sufrir! —medita ella, aún en alta voz ante el fuego de la chimenea, que ambos contemplamos absortos; yo estoy sentado en el diván; ella está sentada… en el aire.

Yo agrego:

—¿No te pesará nunca haber perdido al autor de Cielo abierto?

—¿Quién? —dice Nora con cómica extrañeza—. No conozco a ese señor. Yo sólo conozco a…

Y lo que no concluyen sus labios, me lo dicen sus ojos y su boca en ansioso y oprimido secreto.

Y como si no fuera este testimonio bastante severo, Nora se levanta a tomar Cielo abierto, vuelve a mis rodillas, y con su brazo pasado tras mi cabeza, va rompiendo una por una las hojas del libro que arroja a las llamas, y que ambos miramos arder maravillados.

—Ahora —me dice juntando su brazo libre con el que me embriaga— ya murió ese señor…

—¿Y el público? —recuerdo yo sobresaltado—. ¿Qué dirá el público, que espera la aparición de otro Cielo abierto?

—¿El público? —responde ella; y con un delicioso mohín, en voz muy baja, y sobre mi aliento mismo—: Que espere…

Tiene razón Nora. Estoy ahora profundamente ocupado. El público… que espere.


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