Más alla
Más alla —¿A dónde te vas? —me preguntó con lenta angustia.
—¡Nora mÃa! —tuvo fuerzas para gritar mi corazón—. ¿Es cierto lo que dices?
—¿A dónde te vas? —repitió ella alzando sus dos manos a mi cuello, mientras su cuerpo venÃa a mà con rigidez de piedra.
¡No me fui, no! No fui sino a caer con ella en el diván, y a hundir la cabeza en sus rodillas mientras ella hablaba aún, me pasaba la mano por el cabello.
—No, no te vas… Eres mÃo… mÃo…
Y yo, desde la divina almohada:
—Nora… mi adorada Nora… Soy indigno de ti…
—Cállate… no hables.
—SÃ, es cierto…
—¡Pst…! No hables nada…
Y con los ojos espantados aún, fijos en el fuego, pálida por la opresión de los sollozos que no podÃan subir:
—No hables… Mi querido… No te muevas… Mi amor…
«¿Se cree usted incapaz, tal como es, de hacerse amar de una mujer? ¿Qué sabe usted de la seducción que puede tener un hombre para una mujer como Nora?».
Estas palabras de Campillo se presentan nÃtidas al tener por fin a mi esposa entre mis brazos.