Más alla
Más alla «Señorita: No alcanzo a comprender qué interés puede usted tener en cambiar impresiones conmigo, pues, como ya se lo he dicho, no soy literato. Impresiones que puedan entretener a usted no tengo ninguna. Creyendo asà haber satisfecho cumplidamente sus deseos, la saludo atte…»
¿Ah, sÃ? ¿Cree usted asà como asÃ, señor literato sutil, haber satisfecho mis deseos? Lea usted esta cartita:
«Señor: Confieso también que me equivoqué al juzgar a usted escritor un pequeño instante. Con este doble error, doy por terminada esta efÃmera correspondencia».
El yerro fue sólo mÃo. Pero tiene que ser muy hábil para reanudar con aires de triunfo el carteo.
¡Y no reanuda! ¡Un mes transcurrido en el más fosco silencio!
¿Me habré equivocado? ¿Será un patán como cualquiera, sin un soplo de ideal?
Pero no; habrÃa respondido alguna groserÃa de despecho, pues la vanidad de los hombres vulgares, en sus pequeñas cosas, es más fuerte que la de los mismos literatos.
¿Entonces? ¿Qué pretende? ¿Burlarse de m�
He soñado toda la noche, despertándome a cada momento. Hoy estoy quebrantada, sin gusto para pensar un instante en mà misma.