Más alla
Más alla Dejemos. Reanudaré la correspondencia con mis siete colegas de verdad, escritores al fin. El otro ha muerto.
«Señor: ¿Ha muerto usted? Le hago esta pregunta, movida por la más estricta curiosidad».
A lo que ha respondido:
«Señorita: No he muerto todavía. Si lo que usted quiere preguntar, en su cartita de ayer, es el porqué de mi silencio, le recordaré que fue usted quien lo impuso, y no yo. ¿Está usted satisfecha?».
Seis horas después, debe haberle llegado esta sola línea mía:
«Yo, no. ¿Y usted?».
Y él, enseguida:
«Yo, tampoco».
¡Pero qué trabajo! ¡Cuán difícil es conquistar! ¡Dios mío! ¿Habrá sido así tan duro con todas las que le han escrito?
¡«Mi» literato! Porque en vano sus cartas, su estilo y su vulgar claridad para explicar las cosas pretenden engañarme. ¿Quién, sino un artista, hubiera sido capaz de hallar el procedimiento para interesarme sin ofenderme? Los hombres vulgares no proceden así. Como los hombres ricos de Maeterlinck, son los eternos hambrientos sin tener necesidades.
Hace dos meses que nos escribimos.