Más alla
Más alla ¿Qué me dice? No sé. Nada extraordinario, ¡oh, no! Su misma constante simulada sencillez. ¡Pero cosa curiosa! ¡Sus expresiones, que en otros me parecen triviales, en él, con las mismas palabras y el mismo tono, me parecen llenas de energÃa!
¡Literato mÃo! ¡Cómo reconozco tu divina sutileza!
Mas su nombre, siempre en el misterio. He agotado la lista de los escritores del paÃs, sin hallar el suyo. No es tampoco un seudónimo; lo conozco ya demasiado para creer eso en él. ¿Pero, entonces?
TÃa se echó a reÃr ayer ante mi pesadumbre.
—¡Pero tÃa! —le digo—. ¡Es un magnÃfico escritor, estoy segurÃsima! ¡Y quiero leerlo!
—¿Y también verlo, por supuesto?
—¡Por supuesto que sÃ, tÃa!
La entero entonces de sus deseos de conocerme. ¿Me puedo arriesgar?
—¿No temes desilusionarte? —me pregunta ella.
—¿De qué? Sé que me aprecia y me respeta.
—¿Y si es feo?
—¿Muy, muy feo…?
—SÃ. Y que no sea literato.
—¡Oh, tÃa! Esto es imposible. No se puede disimular hasta ese punto la falta de literatura, sin ser literato… ¿Feo…? No importa. Yo tampoco soy linda.
Mi tÃa hace: «Hum… hum…» y concluye: