Más alla
Más alla —Bien, Mechita: recÃbelo. A los diez minutos te habrás dado cuenta de si debes o no continuar con él tu correspondencia literaria.
—¡Y sÃ, tiÃta! ¡De no ser asÃ, no estarÃa loca por conocerlo!
El martes, ¡gran dÃa!
ÉL
Esta tarde, a las seis en punto, voy a su casa. ¿Quién me lo hubiera dicho, cuando hace cuatro meses me consideraba el más infeliz de los mortales porque no podÃa encontrarla? Y ahora, esperándome, apoyada en treinta y tantas cartas de amistad…
He ido volando a contárselo a su señora tÃa.
—¡Triunfo completo! —le he dicho—. Consiente en verme.
—¡Enhorabuena! Y ahora que usted conoce su espÃritu, ¿le gusta Mechita como antes?
—Estoy loco. No le puedo decir otra cosa.
—Entendámonos: ¿enamorado de su alma…?
—SÃ, ¡por Dios bendito, señora! ¡De su alma, sÃ! A pesar de sus chifladuras literarias, tiene una cabecita muy sana. Y su cuerpo también me enloquece.
—No necesita repetirlo. En fin, que sea feliz.