Más alla
Más alla —Mi amor —murmuró.
—¡Cállate! —dije yo.
—Amor mÃo —recomenzó él.
—¡Luis! ¡Cállate! —lancé yo aterrada—. Si repites eso otra vez…
Su cabeza se alzó, y nuestros ojos de espectros —¡es horrible decir esto!— se encontraron por primera vez desde muchos dÃas atrás.
—¿Qué? —preguntó Luis—. ¿Qué pasa si repito?
—Tú lo sabes bien —respondà yo.
—¡DÃmelo!
—¡Lo sabes! ¡Me muero!
Durante quince segundos nuestras miradas quedaron ligadas con tremenda fijeza. En ese tiempo, pasaron por ellas, corriendo como por el hilo del destino, infinitas historias de amor, truncas, reanudadas, rotas, redivivas, vencidas y hundidas finalmente en el pavor de lo imposible.
—Me muero… —torné a murmurar, respondiendo con ello a su mirada. Él lo comprendió también, pues hundiendo de nuevo la frente en mis rodillas, alzó la voz al largo rato.
—No nos queda sino una cosa que hacer… —dijo.
—Eso pienso —repuse yo.
—¿Me comprendes? —insistió Luis.