Más alla
Más alla Una noche en que nuestro desasosiego habÃa llegado a un lÃmite angustioso, Luis se despidió de mà más tarde que de costumbre. Y al tenderme sus dos manos, y entregarle yo las mÃas heladas, leà en sus ojos, con una transparencia intolerable, lo que pasaba por nosotros. Me puse pálida como la muerte misma; y como sus manos no soltaran las mÃas:
—¡Luis! —murmuré espantada, sintiendo que mi vida incorpórea buscaba desesperadamente apoyo, como en otra circunstancia. Él comprendió lo horrible de nuestra situación, porque soltándome las manos, con un valor de que ahora me doy cuenta, sus ojos recobraron la clara ternura de otras veces.
—Hasta mañana, amada mÃa —me dijo sonriendo.
—Hasta mañana, amor —murmuré yo, palideciendo todavÃa más al decir esto.
Porque en ese instante acababa de comprender que no podrÃa pronunciar esta palabra nunca más.
Luis volvió a la noche siguiente; salimos juntos, hablamos, hablamos como nunca antes lo habÃamos hecho, y como lo hicimos en las noches subsiguientes. Todo en vano: no podÃamos mirarnos ya. Nos despedÃamos brevemente, sin darnos la mano, alejados a un metro uno del otro.
¡Ah! Preferible era…
La última noche, mi novio cayó de pronto ante mà y apoyó su cabeza en mis rodillas.