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¡Oh! Pero en el último cuarto de hora, cuando habíamos hablado y hablado y nos habíamos puesto de pie, y él me miraba un poco pálido y yo le había entregado ya mi alma, sin saber lo que hacía ni cómo lo había hecho, ¡oh, entonces no me sonreía, porque estaba segura de morir si él me apoyaba apenas un dedo en el hombro!

¡Dios mío! ¡Entre sus brazos fue donde apoyé mi cabeza desvanecida, cuando en el instante de despedirnos, me recogió bruscamente a él!

Humillación, gozo y horror de mí misma había en mis sollozos. Pero lo que sobre todo sentía era la inmensa protección de su mano alisándome el cabello, y el sostén de un robusto cuerpo que me protegía toda.

Mientras estuvimos así, nada me dijo. Y él no sabrá nunca que su resolución para conquistarme no me hubiera hecho tan tiernamente suya, como su inmediato silencio.

¡Más que feliz ahora! ¡Y cómo me río al evocar la «tremenda catástrofe»! ¿Recuerdan ustedes la «vulgaridad de los hombres sin ideales de arte», y la «grosería de sus sentimientos»?

Así, pues, le susurré:

—Dime ahora quién eres, qué libros has escrito.

Él se echó a reír, enseñando más aún su blanca dentadura.


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