Más alla
Más alla Si después de este ofrecimiento, bastante grande por sà solo para matar de dicha a un hombre; si esa noche misma, ante la luna en menguante, ese hombre de sesenta años se hubiera pegado un tiro de felicidad, hubiera cumplido dignamente con su vida y su deber.
No vio o no pudo ver su camino de Damasco. Porque cuando horas más tarde, al tener a Lucila en sus brazos, creyó poder alcanzar el cenit de su destino, sintió que su desesperada impotencia para confiar a la joven una dicha ya exhausta lo alucinaba como una pesadilla.
Como ocho lustros atrás, se vio en brazos de una criatura bellÃsima y curiosa hasta la más loca generosidad. Como en aquella circunstancia tornó a verla sentada, con los ojos perdidos en el vacÃo. Y como cuarenta años antes oyó, como habÃa oÃdo a la madre exclamar ante la insÃpida aurora de un varón, repetir a la hija ante su lamentable ocaso:
—¡Curioso! Tengo la impresión de no haber estado con un hombre…