Más alla
Más alla Renouard calló. En la lejanÃa de las palmeras heladas de rocÃo, la luna en menguante surgÃa trunca sobre el mar. La joven, muda también, proseguÃa en la misma postura.
—¡Renouard! —llamó.
Él se volvió a ella.
—Renouard: usted me dijo que yo me parecÃa mucho a aquella mujer. ¿Es cierto, Renouard?
—¡Pero si es usted misma! —clamó él—: ¿Lo comprende ahora? ¿Comprende que yo darÃa cualquier cosa por no conservar ese recuerdo que su hermosura, su cuerpo, exasperan hasta…?
—Tómeme.
Bruscamente Renouard palideció. Ella, pálida también, lo miraba sin desviar los ojos.
—Repita lo que dijo —murmuró Renouard.
—Es muy fácil —contestó la joven—. ¿Aquel recuerdo lo tortura a usted mucho? ¿DarÃa cualquier cosa, como ha dicho, por borrarlo?
—SÃ.
—Tómeme.
—¡Lucila! —bramó de felicidad el hombre de cabello blanco.
—Soy suya. Tómeme.