Más alla
Más alla —SÃ, pero menos joven. Si yo hubiera tenido algunos años más, habrÃa comprendido que mucho más que el amor era la curiosidad lo que echaba a mi amada en mis brazos. Observó con atento mutismo mi aparente desenvoltura, mi fatuidad de adolescente, mi prisa misma por hacerla feliz: todo lo que rendà ante la espiritual criatura que habÃa condescendido a dejarse amar por un vano y lindo muchacho.
»Yo era entonces un brioso adolescente, y ese brÃo constituÃa mi orgullo. Por esto creÃa haber entendido mal cuando al reanudarme la corbata ante el espejo, oà estas palabras enunciadas lentamente:
»—¡Curioso! Tengo la sensación de no haber estado con un hombre…
»Me volvà con la presteza de un rayo. Ella permanecÃa sentada en la cama, con los brazos pendientes inmóviles y la mirada perdida.
»¿Comprende usted? Yo era un fuerte muchacho. Y exhausto yo mismo, oÃa a la mujer que habÃa amado soñar insatisfecha porque no habÃa estado con un hombre…
»Pero hay que ser ya hombre para valorar lo que eso significa. Lo comprendà apenas en aquella ocasión. Es sólo más tarde cuando he apreciado en toda su profundidad el abismo de nulidad en que me hundà ante aquella mujer. Fue mi amante esa sola tarde. Jamás volvió a fijar los ojos en mÃ, como si nunca hubiera yo existido para ella.