Más alla
Más alla —Usted es el crimen —murmuró.
Y ella, en voz también más baja:
—Lo soy.
Tornó a hacerse otro silencio, que nadie rompió esta vez. El grupo de jóvenes y damas acababa de retirarse abandonando un servicio completo de buffet sobre la mesa. El mar sonaba más hondo, y la arena parecÃa más blanca, frÃa y estéril.
Renouard, por fin, apoyó ambos brazos en la mesa y comenzó asÃ:
—Al decirle a usted hace un rato que la persona que usted me evocaba era usted misma, no dije sino la verdad. Un hombre no ve levantarse un trozo punzante de vida desde el fondo de su pasado sin sentirse turbadas sus horas. Ese recuerdo podrÃa responder a usted sobre mis pretendidos éxitos con las mujeres. He tenido la suerte de todos, nada más. Pero dudo de que nadie guarde una mancha como la que debo a ese recuerdo. Usted, a lo que parece, ha oÃdo hablar de mis conquistas. ¿Quiere que le hable yo ahora de mis fracasos? ¿Es capaz de oÃr una historia escabrosa?
—SÃ, si me la cuenta entera.
—Oiga, entonces. Yo tenÃa en aquel tiempo veinte o veintiún años. Logré, con una rapidez increÃble, la conquista de una mujer…
—Parecida a mÃ.