Más alla
Más alla —¿Por qué recuerdo yo tanto a esa persona? Porque es usted misma —murmuró él. Y arrepentido acaso, prosiguió en tono más ligero—: ¿Usted cree en la transmigración de las almas en vida, Lucila?
—DÃgame Perra.
—¿Qué?
—DÃgame Perra. Usted me llamó Lucila. DÃgame Perra.
Entre el helado sin concluir y la copa de agua vacÃa, la mano del hombre, grande y franca, se apoyó sobre la de la joven.
—Perra —sonrió.
Los rasgos de la joven perdieron su tensión batalladora, y retirando los dedos satisfecha:
—Ahora sà —dijo—, seremos siempre amigos.
—Yo soy ya muy grande de usted, Lucila.
—Perra.
—Y ojalá…
—¡No! ¡Ojalá, no! ¡Perra!
Bajo los cabellos blancos de Renouard, sus ojos todavÃa jóvenes se ensombrecieron de vida. Y fijándolos de pleno en los de la joven, como sabe hacerlo un hombre:
—¿Usted sabe lo que está haciendo? —dijo.
—Sà —repuso ella.
Se hizo otro silencio. Renouard lo rompió en voz baja.