Más alla
Más alla —Creo que no… La honradez que conserva, a pesar de todo, una mujer deshonrada… ¿no es eso?
—Asà es.
—¿Y usted, Renouard, tampoco se equivoca sobre mi respuesta?
—¡Oh, no! Usted es…
Renouard se detuvo.
—¿Qué soy? —preguntó Lucila.
—Nada. Lo que…
—Renouard —interrumpió la joven, oprimiéndose más a la mesa—: usted debe haber tenido mucho éxito con las mujeres, ¿no es cierto?
Sin responder a la pregunta, Renouard prosiguió:
—Lo que iba a decir, al interrumpirme usted, es que usted se parece infinitamente en todo: cuerpo, rostro y modo de ser, a una persona cuyo recuerdo me es, no sé ya si querido, pero sà infinitamente doloroso. Esa persona podrÃa responder, si conserva aún el recuerdo de mÃ, a la pregunta que usted acaba de hacerme.
—El recuerdo de esa persona que yo le evoco le es a usted doloroso, pero mi presencia no le es a usted dolorosa en modo alguno. ¿Por qué?
Renouard corrió ante el resplandor juvenil de aquella criatura que impregnaba de mórbida tibieza el fresco oasis nocturno.