Más alla
Más alla Yo tenÃa la impresión de que la invitación a comer no habÃa sido meramente ocasional, ni el cocinero faltaba por enfermedad, ni hallarÃa en su casa a gente alguna de su servicio. Me equivoqué, sin embargo, porque al llamar a su puerta fui recibido y pasado de unos a otros, por hombres de su servidumbre, hasta llegar a la antealcoba, donde tras larga espera se me pidió disculpas por no poder recibirme el señor: estaba enfermo, y aunque habÃa intentado levantarse para ofrecerme él mismo sus excusas, le habÃa sido imposible hacerlo. El señor irÃa a verme apenas le fuera posible ponerse en pie.
Tras el mucamo hierático, y por bajo de la puerta entreabierta, se veÃa la alfombra del dormitorio, fuertemente iluminada. No se oÃa en la casa una sola voz. Se hubiera jurado que en aquel mudo palacete se velaba a enfermos desde meses atrás. Y yo habÃa reÃdo con el dueño de casa tres dÃas antes.
Al dÃa siguiente recibà la siguiente esquela de Rosales:
«La fatalidad, señor y amigo, ha querido privarme del placer de su visita cuando honró usted ayer mi casa. ¿Recuerda usted lo que le habÃa dicho de mi servicio? Pues esta vez fui yo el enfermo. No tenga usted aprensiones: hoy me hallo bien, y estaré igual el martes próximo. ¿Vendrá usted? Le debo a usted una reparación. Soy de usted, atentamente, etcétera».