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—Pero usted las ha visto todas, señor Grant —sonrió el dueño de casa—. Esto explica el que la señora lo haya hallado a usted más de una vez en las salas.

—En efecto —asentí; y tras una pausa sumamente larga—: ¿Se distinguen bien los rostros desde la pantalla?

—Perfectamente —repuso ella. Y agregó un poco extrañada—: ¿Por qué no?

—En efecto —torné a repetir, pero esta vez en mi interior.

Si yo creía estar seguro de no haber muerto en la calle al encaminarme a lo de Rosales, debía perfectamente admitir la trivial y mundana realidad de una mujer que sólo tenía vestido y un vago respaldo de silla en su interior.

Departiendo sobre estos ligeros temas, los minutos pasaron. Como la dama llevara con alguna frecuencia la mano a sus ojos:

—¿Está usted fatigada, señora? —dijo el dueño de casa—. ¿Querría usted recostarse un instante? El señor Grant y yo trataremos de llenar, fumando, el tiempo que usted deja vacío.


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