Más alla
Más alla —SÃ, estoy un poco cansada… —asintió nuestra invitada, levantándose—. Con permiso de ustedes —agregó, sonriendo a ambos uno después del otro. Y se retiró llevando su riquÃsimo traje de soirée a lo largo de las vitrinas, cuya cristalerÃa se veló apenas a su paso.
Rosales y yo quedamos solos, en silencio.
—¿Qué opina usted de esto? —me preguntó al cabo de un rato.
—Opino —respond× que si últimamente lo he juzgado mal dos veces, he acertado en mi primera impresión sobre usted.
—Me ha juzgado usted dos veces loco, ¿verdad?
—No es difÃcil adivinarlo…
Quedamos otro momento callados. No se notaba la menor alteración en la cortesÃa habitual de Rosales, y menos aún en la reserva y la mesura que lo distinguÃan.
—Tiene usted una fuerza de voluntad terrible… —murmuré yo.