Más alla
Más alla Con el último esfuerzo de volición que quedaba en mà arranqué mi mirada de la avenida de cicas. Bajo los plafonniers en rombo incrustados en el cielo-raso de la alcoba, la joven yacÃa inmóvil, como una muerta. Frente a mÃ, en la remota perspectiva transoceánica, la avenida de cicas se destacaba diminuta con una dureza de lÃneas que hacÃa daño.
Cerré los ojos y vi entonces, en una visión brusca como una llamarada, un hombre que levantaba un puñal sobre una mujer dormida.
—¡Rosales! —murmuré aterrado; con un nuevo fulgor de centella el puñal asesino se hundió.
No sé más. Alcancé a oÃr un horrible grito —posiblemente mÃo—, y perdà el sentido.
Cuando volvà en mà me hallé en mi casa, en el lecho. HabÃa pasado tres dÃas sin conocimiento, presa de una fiebre cerebral que persistió más de un mes. Fui poco a poco recobrando las fuerzas. Se me habÃa dicho que un hombre me habÃa llevado a casa a altas horas de la noche, desmayado.