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Yo nada recordaba, ni deseaba recordar. Sentía una laxitud extrema para pensar en lo que fuere. Se me permitió más tarde dar breves paseos por casa, que yo recorría con mirada atónita. Fui al fin autorizado a salir a la calle, donde di algunos pasos sin conciencia de lo que hacía, sin recuerdos, sin objeto… Y cuando en un salón silencioso vi venir hacia mí a un hombre cuyo rostro me era conocido, la memoria y la conciencia perdida calentaron bruscamente mi sangre.

—Por fin le veo a usted, señor Grant —me dijo Rosales, estrechándome efusivamente la mano—. He seguido con gran preocupación el curso de su enfermedad desde mi regreso y ni un momento dudé de que triunfaría usted.

Rosales había adelgazado. Hablaba en voz baja, como si temiera ser oído. Por encima de su hombro vi la alcoba iluminada y el diván bien conocido, rodeado, como un féretro, de altos cojines.

—¿Está ella allí? —pregunté.

Rosales siguió mi mirada y volvió luego a mí sus ojos con sosiego.

—Sí —me respondió. Y tras una breve pausa—: Venga usted —me dijo.

Subimos las gradas y me incliné sobre los cojines. Sólo había allí un esqueleto.

Sentí la mano de Rosales estrechándome firmemente el brazo. Y con su misma voz queda:


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