Más alla
Más alla Yo estaba desesperada —dijo la voz—. Mis padres se oponĂan rotundamente a que tuviera amores con Ă©l, y habĂan llegado a ser muy crueles conmigo. Los Ăşltimos dĂas no me dejaban ni asomarme a la puerta. Antes, lo veĂa siquiera un instante parado en la esquina, aguardándome desde la mañana. ¡DespuĂ©s, ni siquiera eso!
Yo le habĂa dicho a mamá la semana antes:
—¿Pero qué le hallan tú y papá, por Dios, para torturarnos as� ¿Tienen algo que decir de él? ¿Por qué se han opuesto ustedes, como si fuera indigno de pisar esta casa, a que me visite?
Mamá, sin responderme, me hizo salir. Papá, que entraba en ese momento, me detuvo del brazo, y enterado por mamá de lo que yo habĂa dicho, me empujĂł del hombro afuera, lanzándome de atrás:
—Tu madre se equivoca; lo que ha querido decir es que ella y yo —¿lo oyes bien?— preferimos verte muerta antes que en los brazos de ese hombre. Y ni una palabra más sobre esto.
Esto dijo papá.
—Muy bien —le respondà volviéndome, más pálida, creo, que el mantel mismo—: nunca más les volveré a hablar de él.
Y entrĂ© en mi cuarto despacio y profundamente asombrada de sentirme caminar y de ver lo que veĂa, porque en ese instante habĂa decidido morir.
