Más alla
Más alla ¡Morir! ¡Descansar en la muerte de ese infierno de todos los dÃas, sabiendo que él estaba a dos pasos esperando verme y sufriendo más que yo! Porque papá jamás consentirÃa en que me casara con Luis. ¿Qué le hallaba?, me pregunto todavÃa. ¿Que era pobre? Nosotros lo éramos tanto como él.
¡Oh! La terquedad de papá yo la conocÃa, como la habÃa conocido mamá.
—Muerta mil veces —decÃa él—, antes que darla a ese hombre.
Pero él, papá, ¿qué me daba en cambio, si no era la desgracia de amar con todo mi ser sabiéndome amada, y condenada a no asomarme siquiera a la puerta para verlo un instante?
Morir era preferible, sÃ, morir juntos.
Yo sabÃa que él era capaz de matarse; pero yo, que sola no hallaba fuerzas para cumplir mi destino, sentÃa que una vez a su lado preferirÃa mil veces la muerte juntos, a la desesperación de no volverlo a ver más.
Le escribà una carta, dispuesta a todo. Una semana después nos hallábamos en el sitio convenido, y ocupábamos una pieza del mismo hotel.
