Más alla
Más alla En el transcurso de la comida ella afectó no notar la presencia del dueño de casa mientras charlaba volublemente conmigo, y él no abandonó casi su juego con el tenedor. Pero las dos o tres veces en que sus miradas se encontraron como al descuido, vi relampaguear en los ojos de ella, y apagarse enseguida en desmayo, el calor incontenible del deseo.
Y ella era un espectro.
—¡Rosales! —exclamé en cuanto estuvimos un momento solos—. ¡Si conserva usted un resto de amor a la vida, destruya eso! ¡Lo va a matar a usted!
—¿Ella? ¿Está usted loco, señor Grant?
—Ella, no. ¡Su amor! Usted no puede verlo, porque está bajo su imperio. Yo lo veo. La pasión de ese… fantasma no la resiste hombre alguno.
—Vuelvo a decirle que se equivoca usted, señor Grant.
—¡No; usted no puede verlo! Su vida ha resistido a muchas pruebas, pero arderá como una pluma, por poco que siga usted excitando a esa criatura.
—Yo no la deseo, señor Grant.
—Pero ella sà lo desea a usted. ¡Es un vampiro, y no tiene nada que entregarle! ¿Comprende usted?
Rosales nada respondió. Desde la sala de reposo, o de más allá, llegó la voz de la joven:
—¿Me dejarán ustedes sola mucho tiempo?