Más alla
Más alla —La hemos extrañado a usted mucho, señora —le dije con efusión.
—¡Y yo, señor Grant! —repuso, reclinando la cara sobre ambas manos juntas.
—¿Me extrañaba usted? ¿De veras?
—¿A usted? ¡Oh, sÃ, mucho! —y tornó a sonreÃrme largamente.
En ese instante me daba yo cuenta de que el dueño de casa no habÃa levantado los ojos de su tenedor desde que comenzáramos a hablar. ¿SerÃa posible…?
—Y a nuestro anfitrión, señora, ¿no lo extrañaba usted?
—¿A él…? —murmuró ella lentamente; y deslizando sin prisa su mano de la mejilla, volvió el rostro a Rosales.
Vi entonces pasar por sus ojos fijos en él la más insensata llama de pasión que por hombre alguno haya sentido una mujer. Rosales la miraba también. Y ante aquel vértigo de amor femenino expresado sin reserva el hombre palideció.
—A él también… —murmuró la joven con voz queda y exhausta.