Más alla
Más alla —¡Fogonero maniatado! —le grito a través de su mordaza—. ¡Amigo! ¿Usted nunca vio un hombre que se vuelve loco? Aquà está: ¡Prrrrr!…
«Porque usted es un hombre de calma, le confiamos el tren. ¡Ojo a la trocha 4004! Gato». Asà dijo el jefe.
—¡Fogonero! ¡Vamos a palear de firme, y nos comeremos la trocha 29000000003!
Suelto la mano de la llave y me veo otra vez, oscuro e insignificante, conduciendo mi tren. Las tremendas sacudidas de la locomotora me punzan el cerebro: estamos pasando el empalme 3.
Surgen entonces ante mis pestañas mismas las palabras del psiquiatra:
«… las actitudes fácilmente imaginables en que podrÃa incurrir un maquinista alienado que conduce su tren»…
¡Oh! Nada es estar alienado. ¡Lo horrible es sentirse incapaz de contener, no un tren, sino una miserable razón humana que huye con sus válvulas sobrecargadas a todo vapor! ¡Lo horrible es tener conciencia de que este último quilate de razón se desvanecerá a su vez, sin que la tremenda responsabilidad que se esfuerza sobre ella alcance a contenerlo! ¡Pido sólo una hora! ¡Diez minutos nada más! Porque de aquà a un instante… ¡Oh, si aún tuviera tiempo de desatar al fogonero y de enterarlo!…