Más alla
Más alla —¡Ligero! ¡Ayúdeme usted mismo!…
Y al punto de agacharme veo levantarse la tapa de los areneros y a una bandada de ratas volcarse en el hogar.
¡Malditas bestias… me van a apagar los fuegos! Cargo el hogar de carbón, sujeto al timorato sobre un arenero y yo me siento sobre el otro.
—¡Amigo! —le grito con una mano en la palanca y la otra en el ojo—: cuando se desea retrasar un tren, se busca otros cómplices, ¿eh? ¿Qué va a decir el jefe cuando lo informe de su colección de ratas? Dirá: ojo a la trocha mm… —¡millón! ¿Y quién la pasa a 113 kilómetros? Un servidor. Pelo de castor. ¡Éste soy yo! Yo no tengo más que certeza delante de mÃ, y la empresa se desvive por gentes como yo. ¿Qué es usted?, dicen. ¡Actitud discreta y preponderancia esencial!, respondo yo. ¡Amigo! ¡Oiga el temblequeo del tren!… Pasamos la trocha…
¡Calma, jefes! No va a saltar, yo lo digo… ¡Salta, amigo, ahora lo veo! Salta…
¡No saltó! ¡Buen susto se llevó usted, mÃster! ¿Y por qué?, pregunte. ¿Quién merece sólo la confianza de sus jefes?, pregunte. ¡Pregunte, estabiloque del infierno, o le hundo el hurgón en la panza!
—Lo que es este tren —dice el jefe de la estación mirando el reloj— no va a llegar atrasado. Lleva doce minutos de adelanto.