Más alla
Más alla Por la lÃnea se ve avanzar al rápido como un monstruo tumbándose de un lado a otro, avanzar, llegar, pasar rugiendo y huir a 110 por hora.
—Hay quien conoce —digo yo al jefe pavoneándome con las manos sobre el pecho—, hay quien conoce el destino de ese tren.
—¿Destino? —se vuelve el jefe al maquinista—. Buenos Aires, supongo…
El maquinista yo sonrÃe negando suavemente, guiña un ojo al jefe de estación y levanta los dedos movedizos hacia las partes más altas de la atmósfera.
Y tiro a la vÃa el hurgón, bañado en sudor: el fogonero se ha salvado.
Pero el tren, no. Sé que esta última tregua será más breve aun que las otras. Si hace un instante no tuve tiempo —¡no material: mental!— para desatar a mi asistente y confiarle el tren, no lo tendré tampoco para detenerlo… Pongo la mano sobre la llave para cerrarla-arla ¡cluf cluf!, amigo. ¡Otra rata!
Último resplandor… ¡Y qué horrible martirio! ¡Dios de la Razón y de mi pobre hija! ¡Concédeme tan sólo tiempo para poner la mano sobre la palanca-blanca-piribanca, miau!
El jefe de la estación anteterminal tuvo apenas tiempo de oÃr al conductor del rápido 248, que echado casi fuera de la portezuela le gritaba con acento que nunca aquél ha de olvidar: