Más alla
Más alla Un largo, muy largo silencio sobrevino entonces. Uno de los visitantes lo rompió por fin:
—Usted nos ha dicho, señora, haber oÃdo la voz que le iba augurando su terrible desgracia.
Un hondo estremecimiento recorrió a la enferma; pero ésta no respondió.
—Usted ha manifestado también —prosiguió el visitante— haber percibido en varias ocasiones una voz sumamente lejana. ¿Eran una misma voz la que le advertÃa en vano del peligro y la que llamaba a su hija?
La enferma asintió con la cabeza.
—¿Reconoció usted esa voz?
Y esta vez, volcándose por fin en un interminable sollozo sobre la almohada, la pobre madre respondió desde el fondo de su horror:
—SÃ. Era la de su padre…