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—Sí… Lo demás ya lo sabe usted, doctor… Yo también lo supe antes de ver a mi hija en el suelo muerta… Sí… Durante mi breve ausencia había abierto los cajones del escritorio, y había tomado para jugar un revólver que yacía en el fondo, bien en el fondo de uno de ellos… El arma se le había caído de las manos… ¡Doctor! —exclamó bruscamente con voz entera, descubriendo su semblante desesperado—. Yo perdí a mi hija, usted lo sabe, como me lo habían predicho… Con una frialdad y una crueldad de que sólo Dios es testigo, se me advirtió que mi nena no tendría necesidad de mi cariño… Se me dijo que era inútil cuanto hiciera para evitar su muerte… Y se me aseguró por fin que moriría de accidente de fuego. ¡De fuego, señor! ¿Por qué no se me dijo claramente que debía morir por una bala o un tiro de revólver, que yo habría podido evitar? ¿Por qué se jugó al equívoco con el corazón de una madre y la vida de una inocente criatura? ¿Por qué se me dejó enloquecer tras los fósforos, sin advertirme que el peligro no estaba allí? ¿Cómo consintió Dios en que se hiciera con mi dolor un simple juego de palabras, para arrancarme así más horriblemente a mi hija? ¿Por qué…?

Y su voz se ahogó, como cortada por la violencia con que sus manos habían subido a crisparse sobre el rostro.


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