Más alla
Más alla »Pero en vez de serenarme, mi angustia se tornaba lancinante a cada nuevo segundo. ¿Y si no había revisado bien? ¿Si la cocinera había reservado una caja de fósforos? ¿Y si llegaba un proveedor a la cocina y encendía el cigarro…?
»¡Ah! ¡Allí estaba el peligro! ¡Era eso! Y arrojando con un grito a mi nena de las faldas, me precipité a las piezas de servicio… Y la cocinera apenas tuvo tiempo de responder con su alarido al mío: una detonación había hecho retemblar la casa…
La pobre madre calló. Por un largo instante, tal vez el preciso para que se apagara de su alma el último fragor del estampido, permaneció con las manos en los ojos. Por fin: