Más alla
Más alla »Minuto por minuto, sin embargo, se acercaba inexorablemente el instante de…
»¡De qué, Dios mÃo! —clamaba yo en mi angustia—. ¿De qué accidente debo precaverla, salvarla a pesar de todo?
»Mientras ahogaba asà a mi nena entre mis brazos, tuve súbitamente la horrible revelación: Morirá por el fuego. E inmediatamente, de la casa entera, de mi aliento, de mis mismas ropas surgió la terrible seguridad de que la vida de mi hija estaba contada: no por meses o dÃas, sino por breves horas…
»Como una loca corrà a la cocina, apagué el fuego y eché baldes de agua sobre las cenizas. Ordené que no se encendiera por nada fuego. Requisé todas las cajas de fósforos que habÃa en la casa y las arrojé en el cuarto de baño. Como loca todavÃa corrà de una pieza a la otra revisando febrilmente todos los cajones de todos los muebles de la casa. Cerré todas las puertas y ventanas, corrà otra vez a la cocina para ver si no se me habÃa desobedecido, y nos refugiamos con mi hija en el escritorio de mi marido, que por ventura nunca habÃa fumado.
»Fuego… ¡Oh, no! ¡Allà estábamos seguras!